
Salí de casa y allí estabas ya, esperándome, con una sonrisa y con los brazos abiertos para que corriera a abrazarte. Lo hice, como lo que eramos, dos amigos que no se veían desde hacia meses.
Recorrimos las calles del centro buscando un sitio pequeño y acogedor donde ponernos al día de nuestras vidas cogidos de la mano, envidiosos de las parejas que paseaban a nuestro alrededor, pero gracias a mi maravilloso sentido de la orientación acabamos en un sitio concurrido y con un chocolate suizo y unos donuts. Hablamos, nos reímos y nos pusimos al día de nuestras vidas. Pero algo me rondaba la cabeza desde que te vi mirándome fijamente mientras me limpiaba un poco de chocolate del escote... ahí fue cuando empezó todo...Besos desincronizados, caricias temerosas, miradas de ternura y sobre todo deseo incontrolable...
Nunca un café pendiente dio para tanto...
1 comentario:
Sí... es lo que tiene el café... o al menos los cafés pendientes, que son tan dulces cuando llegan como amargos cuando los recuerdas. :p
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